…uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y adjetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y fondo de cacerola.
Julio Cortázar
Ágrafa Musulmana en Papiro de Celuloide
martes, 2 de agosto de 2011
lunes, 25 de julio de 2011
A propósito del "Apocalipsis según Romero"...larga vida al horror film!
La enorme popularidad que goza en la actualidad el cine de horror y sus interminables variantes, ha hecho que la industria cinematográfica produzca una cantidad desorbitante de cintas del género, la mayoría lamentables. Las creatures movies parecen ser las favoritas, por lo que hemos visto desfilar por las pantallas a personajes tan célebres como los vampiros, los hombres lobo, ánimas pululantes, seres ectoplásmicos, reptiles gigantes y un largo etcétera que incluye a otros grandes preferidos: los zombis.
En la actualidad, estos seres putrefactos han sufrido grandes transformaciones en su genealogía: los videojuegos, cómics y cintas los han situado como producto de epidemias o guerras bacteriológicas, rompiendo con el paradigma creado por los padres del género (George Romero y Lucio Fulci) donde al zombi se le traía del más allá a tamborazos provenientes de algún ritual vudú. También existe la peculiaridad (sobre todo en las cintas de Romero) de contraponer la ciencia con el poder: los científicos tratan a toda costa descubrir el por qué los muertos regresan de sus tumbas y el ejército siempre está ahí (como vocero del gobierno) para erradicar la maldad.
En Day of the dead (George Romero, EUA, 1985) contemplamos una crónica verdaderamente ridícula, pero sumamente divertida, que apoya la ola de interminables parodias que devinieron después sobre este tipo de cintas (Dawn of the dead y Zombieland, entre las más representativas). En ella, Romero da rienda suelta a una serie de situaciones patéticas coronadas por pésimas actuaciones, amenizadas con música monótona de noticiero vespertino. Eso sí, hace gala de su oficio como realizador gore, llenando la pantalla de sangre y vísceras al por mayor colocándose, sin duda, como uno de los mejores que ha dado la cinematografía mundial.
Y hablando de homenajes, no puedo dejar de mencionar una de mis cintas favoritas del año pasado: Zombieland (Ruben Fleische, EUA, 2009) donde tenemos un homenaje al zombi moderno de videojuego que mandas directito al inframundo con un balazo en la cabeza, así como a las películas de serie B, donde el casi inexistente presupuesto hacía que el director recurriera a ínfimos recursos para asustar al espectador, lo cual terminaba generando carcajadas. El protagonista nos relata sus días en un mundo post apocalíptico azotado por una plaga provocada por carne de vaca loca. Después de que su sexy vecina casi se lo come en la cena, Columbus crea un manual de supervivencia con el que logra ir “avanzando” hacia su ciudad natal, donde desea encontrarse con sus padres. En el camino, se topa con 3 personajes que, al igual que él han logrado sobrevivir y los 4 se enfilan en una huida matizada con situaciones realmente cómicas que se ven coronadas con la hilarante aparición del gran Bill Murray, interpretándose a sí mismo.
lunes, 18 de julio de 2011
De cómo surgieron algunas reflexiones fáusticas después de ver El Ciudadano Kane
“Parte soy de esa fuerza que
siempre quiere el mal y
siempre el bien provoca”
Mefistófeles
“Genio: ¿Qué lastimero espanto
se apodera, superhombre, de ti?”
Durante siglos, el temor a lo inasible, en cualquiera de sus expresiones, ha sido el pivote que mueve toda clase de manifestaciones de temor, permitiendo instituir figuras tan emblemáticas como los demonios o, en el caso de las religiones monoteístas, él demonio; cubrir todo el espectro de negatividad que éstas manifestaciones pueden representar. Por supuesto, también está el espectro de lo bueno-positivo.
El eterno dilema moral-filosófico que deviene de la dicotomía bueno-malo, se ha visto “contenido” a lo largo de la historia por límites de oscilan de lo religioso a lo científico. Todos los intentos que hacemos por explicar y racionalizar al mundo devienen de esta polarización (al menos de la racionalidad instrumental occidental) que seduce justo por el resquebrajamiento de las certezas comodinas que son producto de la capacidad humana (ficticia, por supuesto) de poder explicarlo absolutamente todo.
La omnipresencia de la razón es propia de la modernidad, pero en los albores de los tiempos, estaba representada en seres incorpóreos o fuerzas sobrenaturales que representaban a su vez el bien o el mal. No se permitían entonces medias tintas: o estabas del lado “correcto” o eras condenado a la horca u hoguera. Tanta rigidez en las estructuras hizo que surgieran formas alternas de practicar experiencias que estaban relacionadas con este lado oscuro que, a pesar de los intentos por sacarlas de este espectro de negatividad, seguían bajo el influjo metafísico y místico que las había engendrado, ya que toda la cuestión religiosa permeo la racionalidad occidental, tomando de ella todos y cada uno de sus principios.
El mito consistió en que, terminada la era del oscurantismo, surge la cuestión ilustrada del pensamiento y la razón que pondero la emancipación de la humanidad y el pensamiento, desterrando (en apariencia) la cuestión religiosa como centro del universo. El efecto Copérnico demostró que ni la tierra era el planeta alrededor del cual giraban los demás astros del sistema solar, ni que el designio divino movía irremediablemente el destino del hombre.
Sin embargo, el hombre ha podido despojarse de la creencia en una fuerza superior ni en los destinos predeterminados. Imperativa fue su decisión de matar a dios y sin embargo, ese vacío tan grande tenía que ser llenado por otra figura omnipresente. Es entonces cuando é se vuelve el centro del universo y las consecuencias de ello son aquello que engendra su propia desdicha. Todas las capacidades y virtudes que poseía ese dios todopoderoso que manejo durante siglos su destino, todo aquello que le atañó a las innumerables deidades con que representaba a esta fuerza divina fueron justo las que quería poseer este superhombre (como llama el genio a Fausto en la monumental obra de Goethe).
Dotado ahora de todas los poderes fantásticos que durante tanto tiempo sólo fueron parte de una fuerza que lo sobrepasaba, la desgracia del hombre moderno empezó justo cuando se dio cuenta de que, ni con la revolución industrial, ni con toda esa hambre de conquista y progreso, ni con todos los artilugios materiales devenidos de su inmenso conocimiento y tecnología, fueron capaces de llenar ese espacio tan grande que dejó la muerte de dios ya que, en lugar de verse como parte del inmenso universo, quiso llenar el enorme hueco ponderándose como creador del mismo. Esto hizo que el fausto perdiera los estribos y se viera sumido en una angustia profunda:
Mefistófeles (refiriéndose a Fausto): “No son terrenas ni la comida ni la bebida de ese insensato. El frenesí le empuja a lo lejos, y solo a medias tiene conciencia de su locura. Pide al cielo sus más hermosas estrellas y a la tierra cada uno de sus goces más sublimes; y ninguna cosa, ni próxima ni lejana, basta con satisfacer su corazón profundamente agitado”.
Para tratar de aminorar esta creciente agitación, el fausto tuvo que instaurar una nueva fe para no cargar él con todo el peso, para dar aunque sea una tranquilidad somera a sus remordimientos y a su sed de obtener más y más para llenar ese vacío. Por ello la idea de que “todo hombre bueno, por oscura que sea su aspiración, siempre conoce el camino verdadero” es justamente la fe en la modernidad y todos sus artilugios, sobre todo la fe en la ciencia y en la tecnología. Estas son el dios que salva al hijo malcriado que, para obtener lo que quiere, para satisfacer sus “deseos y necesidades” pasa por encima de la naturaleza, de la ética y sobre todo, sobre otros hombres.
Fausto pacta pues con Mefistófeles; se da cuenta que ni todo el conocimiento, ni toda la tecnología le sirven para llenar ese hueco que sólo puede ser cubierto con cosas cotidianas que, por su misma naturaleza impredecible y espontánea, escapan a toda racionalización y certidumbre pero que vienen a ser una especie de pimienta que sazona la vida, necesaria dada la insipidez natural de lo estructural y meramente racional. El pacto mefistofélico trae consecuencias fatales y sin embargo, el fausto ignora sus funestos presentimientos para dar paso a la fe ciega en su creación: la ciencia expresada como poder. Sin “nada que perder” se entrega a sus pasiones y a sus deseos, siendo este el paso que considera el más arriesgado en su vida por ser la pasión y el deseo la ejemplificación de este espectro de negatividad, de lo irracional. Sin embargo, esta puesta en escena nunca es real, se vale de la farsa y la sátira por lo que nunca acaba de pertenecerle: no es él que seduce a Margarita, es Mefistófeles el que la consigue para él y, aunque nosotros los lectores y observadores de la monumental tragedia faústica sabemos que Mefistófeles es Fausto, él es demasiado soberbio para aceptarlo, casi como cualquiera de nosotros.
Innumerables versiones existen del Fausto: literarias, cinematográficas, teóricas, ya que ¿quién no se ha sentido en mayor o menor medida identificado con él? Desde su inmensa confusión y frustración por el mundo y por lo que hay en él, como por el papel que jugamos en la constitución y construcción de este mundo. ¿Por qué un dolor inexplicable te frena toda ansia de vivir? ¿Por dónde te asiré, naturaleza infinita? Es el hombre moderno sujeto y objeto de su propia transformación…y de su destrucción.
Charles Foster Kane, multimillonario y magnate de la prensa, muere en plena decadencia personal; su última palabra es "Rosebud", ¿qué significa?. Un periodista tiene el mandato de descubrir el misterio de esa última palabra, que es lo que le pasó por la cabeza antes de morir a un hombre que en vida lo tuvo absolutamente todo. El periodista investigará entrevistando a algunas de las personas más importantes de su vida, como su secretario personal, su ex mejor amigo y su ex mujer. Cada uno dará su visión del fallecido y de su compleja personalidad. Dirigida e interpretada magistralmente por Orson Wells, “Citizen Kane” es considerada por muchos la mejor película de todos los tiempos. Retrata la vida de un hombre muy parecido al Fausto de Goethe, desde sus miserables comienzos hasta alcanzar la cúspide del poder y su estrepitosa trágica caída
El carismático Kane es capaz de arrastrar a la gente a hacer cosas que luego todos lamentarán; construye su inmenso imperio mediático predicando a los cuatro vientos los más altos ideales de la modernidad, pero con el único fin de poder influir y manipular a las masas para ponerlas a su servicio. La película nos habla sobre la soberbia y la inteligencia devenida en ignorancia por la imposibilidad de vivir con todos los polos que constituyen la humanidad y con la humanidad. “¡Yo, imagen y semejanza de Dios!”, ¿qué o quién era Rosebud? Ni todo su poderío, ni toda su inteligencia hicieron de Kane un hombre completo…utilizó su último halo para reclamar justo eso que no pudo obtener, para nombrar su deseo más profundo.
Un hombre que logró engañar a medio país del norte, convenciéndolos de que eran atacados por los marcianos, haciendo alusión a su excelente narrativa basada en “La guerra de los mundos” de H.G. Wells (tocayo suyo, valga la ironía) hizo de “Citizen Kane” una de las versiones modernas del Fausto más interesantes, creativas y entrañables de las que se tenga memoria. Utilizó la narrativa de las imágenes (lenguaje 100% moderno, por cierto) para recordarnos que la historia de Goethe seguirá marcando generaciones enteras.
domingo, 10 de julio de 2011
Placebo para conformes
Qué suerte la mía,
estar tan perdido y
volver a perder…
J.A.J
Tengo, vamos a ver. Tengo una épica dividida en tres actos tragicómicos cuasi ridículos sin final. Está plagada de anécdotas varias: lugares, fechas, música para hacer el amor, años vividos y por vivir y mucho disfrute lúdico. Una pizca de hedonismo y un par de ritos pre-apareamiento rebosantes de extasiada sensualidad, dignos de una fantasía erótica universal. Eso sí, nada de sexo.
- Te sorprendería la cantidad de personas que no tiene ni conoce nada de eso, me dice una amiga.
Pero su aseveración no contiene mi angustia e incluso me suena a anodina conformidad revestida de consuelo. Ironicemos, en dado caso. Que nos vimos por vez primera hace casi 10 años, pero nunca nos conocimos hasta ahora. “Ojalá te hubiera conocido antes”…ojalá no.
Deliberemos, pues. Que lo que te orillo a llamarme fue la melancolía. Si había y mucha: de la intensa, de la que carcome y te asalta furtiva pero certera. Me la traspasaste todita (como por ósmosis) en cada uno de los abrazos largos y apretujados que nos envolvieron en este brevísimo idilio. Nos confabulamos a tal punto que optamos deliberadamente por hundirnos, sin reparaciones, en esta farsa.
Los primeros días no quise saber nada que ensuciase nuestro momento, enmarañando lo ya de por sí improbable, pero no tardé en sucumbir a la odiosa curiosidad. No bastaron las indirectas canalizadas en las joyas de acetato y sinfonola que, una a una, arraigaban el silencio ensordecedor que me impedía aceptar lo evidente. Esta vez opté por la crudeza de lo literal, harta estaba de la metáfora con tintes opiáceos siempre tan ambigua.
Tus palabras inundaron mis oídos cual inclemente ráfaga sonora y se apoderaron de aquel silencio largo e indecente que terminó encinto por un profundo suspiro (mío, si no mal recuerdo). Los días siguientes me enfrasqué en la búsqueda frenética de nuestra historia supuestamente profetizada en novela. Recorrí decenas de librerías de viejo a lo largo y ancho de la ciudad y no la encontré. Debí llevármela cuando lo insinuaste, pero en aquél momento no necesitaba souvenirs de un viaje que, según yo, estaba empezando.
Y tal como ritualicé el tour por las librerías, lo hice con un singular itinerario que, de vez en cuando aún sigo. Me contento con recorrer los lugares en los que estuvimos juntos, encontrarme con algunos de tus conocidos que te nombran con esa familiaridad con la que yo nunca te nombraría. Me pongo nerviosa si me preguntan por ti o sales a la luz en alguna plática ocasional, ¿qué se supone que debo decir si alguno pregunta dónde nos conocimos?. No soportaría la condescendencia en la mirada de los que saben que soy una eventualidad en tu vida, mucho menos si aquella mirada fuese consensuada. Tampoco me gustaría nadita que menospreciaran nuestra historia, que si bien no es de las que se escriben en cursivas sobre pergaminos perfumados y adocenados, tiene el encanto genuino de las que se escriben con la fortuita espontaneidad de lo que va “sucediendo” sin guiones predeterminados o escenarios forzados.
Y me acuerdo de nuestros escenarios con una claridad escalofriante, como la ocasión en que aleatoriamente nos encontramos en El Fósforo. Llegué dispuesta a disfrutar por segunda vez aquella película de Von Trier que me gusta mucho y te encontré en la penúltima fila disfrutando de una paleta con singular alegría, imagen que provocó en mí una especie de beneplácito que no puedo ni es menester explicar. Basta con mencionar, que no dejan de sorprenderme las cosas tan simples que logran captar mi atención y estimular la avalancha trepidante de la atracción, tan llena de sudor y malestar estomacal en mi caso.
Traté de controlar el ímpetu de la tripa y te saludé. Me invitaste a sentarme junto a ti y comentamos generalidades de la película antes de que iniciara. Disfrutamos las casi 3 horas de duración, sin chistar. Terminada la tragedia griega, me hiciste una invitación a un pintoresco café manejado por 2 adultas mayores poseedoras de un bello carácter y gran amabilidad. Ya en la embriaguez provocada por el café o qué se yo, comentamos tantas cosas…me hablaste de “Graffitti”, te hablé de “La Migala” y te mencioné una idea que me asaltó de repente para un cortometraje. Me sentí orgullosa del contenido de nuestra plática y de las reflexiones banqueteras que surgieron a continuación, matizando la resolución de la hermosa postal de este recuerdo.
Lo que no entendí fue que me enamoré de ti. Ahora lo sé, te quise profundamente. Llegué a casa y escuché durante horas una canción que coronó la inmensidad de lo que sentí. Fui feliz, tan feliz que dudo que me hayan perdonado realmente los muertos de mi felicidad. Y te la voy a cantar, aunque no quieras. Estrofa por estrofa y haciendo énfasis en cada acorde que, dolorosamente, queda tan acorde a nuestra historia…no a ésta tan inmediata, si no a la general, a la de vida.
Desde el principio, tu ritual de cortejo dubitativo me infundió confianza. Tu presencia intangible llenó espacios entrópicos que necesitaban ser llenados, ocupaba mis pensamientos monopolizando mi atención y extrayéndome de todo lo demás. Me recordaste todo lo que no tengo que hacer y sigo haciendo, pero sobre todo me ubicaste frente a mi resistencia a los otros, reflejada en tontos mecanismos de defensa y eternas elucubraciones sin sentido.
Tal vez por ello, te extraño de una manera en la que no había extrañado antes. No extraño tu presencia porque es algo a lo que no estoy acostumbrada. No extraño esas minucias propias de la convivencia diaria, que sólo se conocen en el común denominador de todos los días, o esas manías tan tuyas que me están vedadas por el desconocimiento de tu persona…si acaso, la única manía que pude conocerte, fue aquel hábito tan desagradable para muchos: te muerdes las uñas. Con verdadero ahínco, como si se te fuese la vida en ello. Nunca había salido con alguien que lo hiciera y, si bien no es algo que me haya desagradado, si me perturbó un poco. La desesperación vertida en semejante práctica, me hizo verme reflejada inevitablemente: tengo el mismo hábito que tú. ¿Coincidencia? Seguro…la vida está llena de ellas, no tienen nada de especial.
La gente sobreestima las coincidencias y labra esperanzas ridículas en ellas. ¿Qué tiene de especial que fuimos a la misma escuela y nos juntábamos en la misma banca (claro, con más de 5 generaciones de diferencia) o que nos hayamos puesto nuestra primera borrachera en el mismo lugar o que nos rasquemos en el mismo jodido lugar del cuerpo? Nada…son placebos para conformes. Por eso la sensación de plenitud tan tramposa como placentera nos acompañaba mientras estábamos juntos. Estábamos nosotros, “nuestro happy togheter”, nuestras diminutas píldoras de azúcar azuzadas un tanto por Billie Holiday, otro tanto por Screamin’ Jay Hawkins y en los mejores momentos con Óscar Chávez, Bienvenido Granda y Nina Simone.
Sin más, desperté un día y me negué a continuar la farsa de la autocompasión, cosa rara siendo algo tan necesariamente absurdo en el continuum de mi verité film. Tu imperativo monólogo de despedida me vino a dar la justificación perfecta a consagrar este épico final que da para escribir un “lo que sea que esto sea”.
Cuidado: deprimidos en proceso de de-construcción, cada quién por su parte y cada cual con sus respectivas melancolías (así en plural, así por separado). Habrá cosas que se ajusten en la marcha, una que otra culpa expiada sin necesidad alguna. Por mi parte, nada de ahogarse en un cartón de Tijuanas. Ya no te espero. No te busco más en mis pasos en reversa y, aquellos sueños que necesitaban ser atrapados por telas vaporosas que hacen de mosquiteros, se corrieron obscenamente como el rímel en mi cara después de las largas e intensas sesiones de llanto. No más Nostalgia de Tarkovsky ni Nosferatu de Herzog, ni edificios viejos que guarden lastimosos el eco de tu voz. Eso sí, sigo preguntando eventualmente por el triste domingo. Hasta el próximo gloomy sunday.
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